El matrimonio en Verapaz, bien personal y social

Hemos reservado, al final del análisis, una reflexión sobre la institución del matrimonio como hecho socio-cultural, con el propósito de resaltar los rasgos más significativos. La antropología nos proporciona información y análisis de la diversidad cultural en referencia al matrimonio, en cuanto a pautas, tradiciones, creencias, gestos rituales y el conjunto de elementos que lo integran. Pero esta diversidad de configuraciones facilita la afirmación de la universalidad del matrimonio como institución humana y de carácter social; del matrimonio y familia como iniciativa del ser humano en colectividad cultural, y que en nuestro presente globalizado estemos observando cambios en esta institución no nos impide sostener su universalidad, expresada en múltiples formas.

¿Cómo se entiende y asume el matrimonio, como institución, en estas culturas mayas de Verapaz? ¿Qué valor y pertinencia le otorgan las culturas? ¿Cuál es su estatuto ético-moral? Estas son algunas cuestiones que deseamos plantear en el presente capítulo. En las secciones precedentes ya hemos adelantado respuestas. Completaremos ahora con otras y así podemos tener una comprensión general, pero suficiente, del lugar que ocupa la institución del matrimonio y el compromiso de la familia. La forma que hemos utilizado en apartados anteriores, es decir, acudir a la opinión y el pensamiento del grupo de investigadores culturales y grupo externo, nos ha facilitado la reflexión. Acudiremos también, en esta sección final, al aporte de los involucrados en la recogida de información y análisis inicial de lo sistemático.

Desglosamos la reflexión en cuatro partes: el matrimonio, como institución que humaniza y favorece la socialización; aproximación al compromiso socio-ético del matrimonio, en relación al modelo ritual investigado; la fisonomía cultural del matrimonio en estos pueblos mayas; y la relación e implicaciones posibles para el sacramento cristiano, desde la oferta que brinda el modelo ritual, es decir, su sacramentalidad y las exigencias de asumirlo en la celebración del sacramento cristiano.

1. El matrimonio, expresión de humanismo.

El matrimonio en la sociedad en general, y en las diversas culturas en particular, es una institución que moviliza un conjunto de funciones, que podrían ser integradas e identificadas como humanización. Recordemos algunas de ellas:

Socializa, como factor que interviene en el desarrollo y maduración de la persona humana personal y de su participación en la construcción social.

Educa a las personas en la complementariedad, reciprocidad, interdependencia y ayuda mutua. Enfatiza la necesidad que tenemos, como seres humanos, de la interrelación para alcanzar la auténtica estatura humana.

Ayuda a reconocer y aceptar la pluralidad, las diferencias entre los seres humanos, en sus percepciones, pensamientos, sentimientos y proyectos de vida, como necesarias para la vida social.

Manifiesta, al mismo tiempo, la unidad de todo ser humano, pero también su singularidad. De esta manera cada ser humano es uno y único, y en la colectividad social es creador y mantenedor de cultura, que reentiende y expresa la unidad humana en pluralidad.

Humaniza a cada persona para su desarrollo y servicio a los semejantes, facilitando una relación favorable y positiva entre los seres humanos. Igualmente humaniza la dimensión afectiva, psíquica y espiritual.

Lo que decimos del matrimonio, hemos de prolongarlo a la institución familiar. Y así matrimonio y familia son bienes sociales e individuales. Es por ello que las sociedades y las culturas en la historia de la humanidad las han establecido como instituciones reglamentadas. Estas normativas se expresan en las diversas configuraciones culturales. No hay criterios unívocos para su conformación, dependiendo de múltiples variables, como las ciencias sociales nos ayudan a entender.

En las culturas mayas de Verapaz matrimonio y familia son instituciones humanizadoras, conforme a lo expresado más arriba. Además, estas culturas añaden otras notas, como veremos, a este propósito de acompañar al ser humano; pautas y criterios que facilitan la integración de las personas. En estas culturas tradicionales se sigue manteniendo una expresión conservadora del matrimonio y familia, con roles bien establecidos y normativa que se transmite a través de la tradición oral. De ahí también que la socialización, educación y humanización a que nos referimos adquieren una singularidad cultural.

Ya quedó claro en la sistematización y análisis precedente que los cambios provenientes del proceso de globalización están afectando esta configuración y normativa tradicional conservadora. Se han introducido variables causadas por la comunicación, migración, educación formal, circulación de productos, ideas y modelos, que van afectando la sostenibilidad tradicional de esas instituciones. También en estos pueblos van apareciendo nuevas realidades y comprensiones del matrimonio y familia. Sin embargo, el modelo tradicional sigue manteniendo su vigencia y amplía su cobertura, alimentada por un estilo espiritual y axiológico que lo sostiene.

El matrimonio, en estas culturas, es un bien necesario para la persona. Si la naturaleza del ser humano es comprendida en la tendencia a la complementariedad hombre-mujer, es lógico deducir la importancia del matrimonio, de la paternidad/ maternidad en la realización de la persona. En la lógica cultural no es fácil entender a la persona, en su dignidad y desarrollo, sin acceder al bien del matrimonio y la prolongación de la vida en la herencia humana, social y cultural. Es así como el horizonte de la humanización se amplía en estas culturas.

El matrimonio contribuye a la madurez del hombre y la mujer, garantizándoles socio-culturalmente hablando, su capacidad de servir, aportar y ayudar a fortalecer la vida de la comunidad.

Resumiendo, el matrimonio es un bien individual y social, necesario para el logro humanizador y que facilita la continuidad cultural.

2. Normatividad socio-ética del matrimonio, según el modelo ritual.

En la tercera sección del análisis hicimos referencia al perfil antropológico que se desprende del modelo ritual. Queremos ahora considerar algunos aspectos en relación al estatuto ético. Son dos aspectos relacionados en el comportamiento que han de asumir los nuevos esposos.

Partimos del conocimiento de la dignidad y lugar que las culturas mayas quekchí, achí y pocomchí dan a la institución del matrimonio, y seleccionamos opiniones del grupo de investigadores:

El matrimonio es como un tronco de la vida de la persona y la sociedad; como base fundamental. En él se realiza plenamente la persona, hombre y mujer. El matrimonio garantiza la posibilidad de opinar en la toma de decisiones, de dar consejos. Es un estado de adultez humana. Significa el paso de joven a esposo, que asume responsabilidades; de esposa dedicada al trabajo y vida de su familia y hogar. Se asume una responsabilidad permanente en la fidelidad, en la dedicación a su hogar.

De estas opiniones se deduce la importancia del matrimonio en la vida de la persona, comunidad y sociedad, como institución relevante que otorga sentido a la vida humana. No es un acontecimiento coyuntural, sino cargado de compromiso de fidelidad y responsabilidad de los afectados. Las familias emparentadas, la comunidad, testigo y participante, la sociedad toda y la naturaleza se muestran como garantes de la exigencia de dicha responsabilidad de los nuevos esposos.

Es una etapa relevante en la vida de la persona por el paso que se efectúa hacia la adultez y la aceptación colectiva de la responsabilidad. Los esposos ya no son jóvenes despreocupados, sino hombre y mujer, con posibilidad y exigencia de vivir de acuerdo a su estado, de servir a la comunidad, de brindar opiniones para la toma de consensos, de facilitar y participar en el diálogo comunitario; pues, como los propios mayas señalan con frecuencia, “el matrimonio no es juguete”. Como adultos, los esposos podrán orientar y dar consejos desde su experiencia. Su círculo de relaciones se mueve, en consecuencia, con las personas adultas que comparten la responsabilidad de sostener la vida. Se pide a los esposos vigilancia sobre sí mismos en sus relaciones y círculos de amistad, ya que el matrimonio proporciona seriedad y responsabilidad al hombre y la mujer. Han de testimoniar ante todos la unidad de vida matrimonial.

La adultez responsable les exige ser perseverantes en su compromiso y mantener el cuidado y cumplimiento de las pautas culturales, de la herencia recibida:

“El matrimonio es un compromiso de unidad hasta la muerte para el hombre y la mujer, y la familia es un regalo de Dios, con la responsabilidad a sus finados después y cuando sean mayores”.

El estatuto ético que tienen por delante los nuevos esposos, en vivir con fidelidad, responsabilidad, asumiendo valores, se percibe en el testimonio de los mayores, en la normativa que los ancianos/tinientes, papás y padrinos comparten en los discursos en las diferentes fases del proyecto. Dicha normativa, trasmitida por la tradición oral, refleja la forma de vida cotidiana que han de llevar. Señalemos algunas pautas de respeto.

“Que sean respetuosos ante los padres y entre sí mismos, como pareja, de forma que ni los padres, ni la familia puedan sentir vergüenza de ellos. Este respeto significa también cuidado y visita de los padres. Han de ayudar en el mantenimiento de la familia. Ser cumplidores en sus responsabilidades de esposo con el trabajo, y de esposa con la dedicación al hogar, cuidando ambos del bien de los hijos. Saber ayudarse y perdonarse en los trabajos cuando estén necesitados. Deben recordar a los finados, abuelos y familiares, y pedir a Dios sabiduría e inteligencia”.

El modelo de matrimonio y familia, que se desprende de las afirmaciones precedentes es un modelo tradicional, campesino, pues muchos de los consejos dados tienen vinculación al trabajo en la tierra y las tareas consecuentes para el hombre y la mujer. Los mayores, representados en los padres, abuelos, vivos o difuntos, reafirma el tronco tradicional en que se percibe la familia, con roles claramente delimitados. La llamada de atención a respetar, cuidar y mantener la relación con los mayores apunta hacia la importancia que se le atribuye al cuidado y valoración de la herencia de los antepasados, como criterio para garantizar la continuidad del matrimonio y familia.

Podemos también deducir el carácter patriarcal de la institución en estas culturas. Es cierto que los nuevos factores que van apareciendo (incluyendo las consecuencias de la violencia sobre un sector significativo del pueblo maya), están provocando cambios. Este estatuto y su normativa tradicional siguen manteniendo su valor y vigencia, a pesar de fisuras y muchas presiones que pueden estar sucediendo. Y, quizá, la pervivencia del rasgo tradicional ayuda a que las familias mayas sigan siendo conscientes y sin presentar grandes convulsiones internas.

La institución del matrimonio proporciona a los jóvenes esposos un conjunto de factores positivos ante la comunidad propia y la sociedad. Así lo manifestaban los investigadores:

“Comienzan a ser invitados a participar en la vida activa y decisiva de la comunidad. Se les considera personas con criterio y pensamiento, a quienes se les piden compromisos en bien de la comunidad”.

Hemos apuntado más arriba que el matrimonio es entendido como un paso a la adultez de la persona. El compromiso de mantener y cuidar de una nueva familia lleva a integrar una nueva etapa de la vida. La persona colaboradora en trabajos e instituciones de la comunidad es valorada como sensata, responsable y firme. La persona adulta se refleja en su compromiso solidario y participativo. Los guías y servidores, en las comunidades indígenas, son apreciados por su disponibilidad. El matrimonio es la entrada a involucrarse formalmente en esas actitudes y prácticas en la comunidad.

3. Aporte cultural del matrimonio.

Las culturas mayas de Verapaz, como cualquier cultura, no viven aisladas; menos aún en los tiempos de mundialización e intercomunicación en que vivimos. Las culturas, en su interrelación, emiten mensajes, ofertan y aportan al conjunto multicultural en contexto global. También el modelo ritual que estamos analizando tiene mensajes y aportes que ofrece a la sociedad global. Señalemos algunos:

“Hay una enseñanza fundamental: para formar una familia se necesita un largo proceso y así la nueva pareja tenga una responsabilidad y conciencia madura. La comunicación con toda la creación nos muestra que nosotros somos parte de esa naturaleza; que somos descendientes de los antepasados. Las oraciones y ritos que se hacen muestran la importancia del matrimonio”.

Es interesante considerar la opinión señalada sobre el proceso ritual del matrimonio, como una expresión de su seriedad y alcance. La decisión no se logra sino en un proceso, así como la solidez del matrimonio y familia requiere tiempo, examen cuidadoso y diálogo sereno entre las familias involucradas. Para formalizar una institución que da sentido a la persona, cultura y sociedad se le debe proporcionar todo el tiempo y atención necesaria, de manera que se asegure su continuidad. Subyace en este pensamiento la necesaria estabilidad social y cultural del matrimonio y, para ello, hay que ir haciendo conciencia, en un proceso de relación, conocimiento y diálogo, de sus implicaciones, consecuencias y compromisos.

Las culturas mayas, como todas aquellas que viven en estrecha relación cósmica, aportan a las otras culturas y al mundo global una relación respetuosa con la creación, como viviente y actuante en los seres humanos. El matrimonio, entonces, no es sólo un bien social, cultural, sino que también tiene carácter creacional, de relación y renovación cósmica.

La creación se hace presente con las oraciones, ritos y visitas a los cerros y lugares sagrados, y es testigo de la armonía que deben guardar los esposos, de la protección que se pide sobre ellos a la Madre Tierra y del respeto compensatorio, en la lógica cultural, que la nueva pareja debe tener.

El matrimonio, en las culturas mayas de Verapaz, es, en fin, un bien espiritual, religioso, en cuanto relaciona a las personas con lo divino, con lo espiritual y numinoso. Para estos pueblos, el matrimonio, en esta versión tradicional, o es religioso o carece de profundidad; no se entiende como institucionalización, sino como manifestación y relación con lo trascendente y espiritual. En razón de ello, es comprensible la tristeza que manifiestan los ancianos ante la indiferencia de las nuevas generaciones por la práctica de los ritos y también en las nuevas situaciones de limitar el proceso y celebración del matrimonio al ámbito estrictamente civil y social. Podemos, en fin, afirmar que los ancianos sienten, en todo ello, una amenaza a la supervivencia y continuidad de la herencia de los antepasados, que ha sido, en su memoria histórica, lugar y factor de sentido de humanidad y de pueblo.

Completando la reflexión en torno al aporte a la sociedad por parte de estas culturas, el grupo externo manifestaba lo siguiente:

“En un mundo donde el matrimonio y familia están cuestionados, aquí es un bien social y un pilar de la misma sociedad. Es asunto e interés de todos. Es un acontecimiento integral, buscando asegurar su fidelidad. Sin embargo, estas culturas son duras, poco flexibles y con dificultades para encajar las nuevas situaciones. Hay que facilitar el diálogo sobre nuevas situaciones: abrirse al noviazgo, al enamoramiento afectivo, la libertad, la capacidad de independencia”.

Las opiniones manifestadas por el grupo externo destacan la oferta positiva de valores como comunión, integridad, participación y responsabilidad, pero también se piensa que estas culturas tradicionales, en el caso del matrimonio y su proceso de formalización, están necesitadas de discernimiento ante los nuevos factores que se van priorizando en la persona de los jóvenes. La tensión entre tradición y modernidad hoy es mucho más comprobable al quebrarse valores firmes y dispersarse paradigmas y criterios que, en épocas anteriores, eran sólidos. El ser humano del tercer milenio reclama lo afectivo como un factor ineludible. Si en estas culturas mayas el amor se expresa en la fidelidad y perseverancia en la unidad de esposos y familia, es claro que los factores del amor, afectividad, libertad e independencia no pueden ser soslayados en la práctica del proceso ritual.

La relación e influencia, entonces, entre esta comprensión cultural del matrimonio y la cultura global con sus nuevas situaciones, tiene que ser recíproca: de las culturas mayas a la sociedad global y de ésta a aquéllas. Se impone un diálogo, como ya indicamos en otra sección, entre los actores participantes, en orden a encontrar un proceso de renovación del modelo ritual, sus componentes y criterios de acompañamiento posterior a la formalización del matrimonio.

¿Qué flexibilidad y capacidad de adaptación tiene el modelo? Es una cuestión importante de plantear. Reiteramos, siguiendo la opinión del grupo externo, que la posibilidad de ser un modelo abierto y dialogante, así como conviviendo con otras formas distintas, al interior de la misma cultura, permitirá su continuidad, aporte y oferta humanizadora; pero si se cierra sobre sí mismo, corre el peligro de ir debilitándose.

4. Matrimonio cultural y sacramento cristiano.

En un momento de nuestro análisis hemos indicado que la investigación se limitó, en forma consciente, a las fases culturales del modelo, dejando a un lado la celebración cristiana del sacramento del matrimonio. Con ello queríamos resaltar lo propio y singular de las culturas. Por supuesto que tras años de presencia y protagonismo cristiano en los pueblos de la Verapaz, la impronta cristiana atraviesa la cotidianeidad, celebración y vida de los actores y sujetos culturales. Pero valía la pena recoger, sistematizar y analizar información desde la singularidad cultural de los pueblos.

El proceso ritual, con sus cuatro fases, suele terminar, en general, en la celebración del sacramento cristiano, aunque varíe el tiempo de realizarlo; por ejemplo, puede llevarse a cabo el proceso ritual y con ello se cierra el proceso cultural, siendo la nueva pareja aceptada como nuevo matrimonio y, tiempo después (meses, años), celebrar el sacramento cristiano o no realizarlo. Puede hacerse, en otros casos, la celebración en la Iglesia, en continuidad a la celebración cultural. No nos arriesgamos a sugerir una estadística a ese respecto. Lo evidente es que el matrimonio en el proceso ritual-cultural es ya matrimonio, valorado y aceptado por la comunidad y los afectados por la institución (pareja, padres, familiares...). Desde esta situación queremos, al ir concluyendo nuestro análisis, sugerir una palabra orientadora al respecto.

Con frecuencia se han reconocido situaciones de paralelismo y dualismo entre lo cultural-maya y lo cristiano. Lo recordábamos al principio de esta investigación: la ruptura entre cultura y celebración cristiana y el “sentimiento inconsciente” de muchos catequistas y cristianos de separarlo, como algo lógico y consecuencia de la negación o indiferencia histórica de la Iglesia institución frente a las expresiones culturales.

En la teología del sacramento cristiano se suele hacer una distinción entre sacramentalidad y sacramento instituido y aprobado por la Iglesia, entre litúrgico y paralitúrgico. Y en este ámbito de la sacramentalidad (más amplia que los sacramentos), se habla de la creación, la Palabra de Dios, la persona humana, el pobre... como sacramento. ¿Por qué no referirnos, entonces, a la sacramentalidad de las culturas, como presencia y acción simbólica? ¿Por qué no hablar del valor divinizado de las culturas, como expresiones, no sólo de la creatividad de un pueblo, sino también de la inhabitación de Dios en esos sujetos y acciones culturales? Así es como queremos aquí reflexionar sobre la sacramentalidad del proceso ritual del matrimonio y la posible interrelación con el sacramento cristiano.

Si la Iglesia Católica desarrolla el discurso sobre la inculturación nos preguntamos ¿Por qué mantener el dualismo, el paralelismo entre matrimonio cultural y sacramento cristiano? ¿Cree y acepta la Iglesia-institución el valor y lugar teológico, la perspectiva de “Semillas del Verbo” de las culturas? ¿Por qué ignorar, en la práctica, el proceso ritual y cultural, cuando lo contemplamos penetrado de presencia del Espíritu? ¿Por qué limitar la sacramentalidad, es decir, el encuentro de Dios con el ser humano, a los estrechos márgenes de la celebración sacramental, con gestos, formas y oraciones transvasadas de otra cultura, digamos, occidental? Estas y otras muchas preguntas nos cuestionan seriamente y, pensamos, han de ser motivo de discernimiento a la jerarquía, al discurso teológico, ciencia litúrgica y praxis pastoral.

Nos orientaremos con los aportes del grupo externo en respuesta al interrogante ¿En qué forma la celebración sacramental favorece o perjudica el proceso ritual?:

“Pareciera que no favorece, pues se muestra como un añadido. Sin embargo, hay personas que valoran el sacramento y que lo consideran como parte del proceso ritual. Se podrían pensar varias soluciones: dejar las cosas como están, integrar lo cultural y lo sacramental-cristiano con la presencia del sacerdote, un ministro-delegado para el efecto, o incorporar la celebración en el templo, como final del proceso ritual.

- Hay que incorporar la categoría de sacramentalidad a esta cuestión. ¿Qué añade la liturgia al proceso? ¿Podría la Iglesia aceptar y asumir el ritual simbólico del proceso cultural, considerándolo como normativa canónica sacramental?
- No es fácil, pues en el sacramento todo recae sobre los contrayentes, mientras que en el modelo cultural participan los papás, ancianos...
- En la Iglesia se ha preferenciado en exceso lo canónico, pero lo teológico puede aportar convergencia e integración."

El campo de la reexpresión litúrgica es una de las áreas de la inculturación con mayores obstáculos para su implementación. Pensemos simplemente ¿Cuántos ritos, además del romano, han sido autorizados por la jerarquía?... Pero, en verdad, hablar de inculturación y bloquear la reexpresión de la celebración litúrgica en la diversidad cultural de los pueblos y de las iglesias locales, es una clara contradicción, además de mantener la imposición de modelos exclusivos de celebración. La Iglesia institucional ha de abrir la puerta a la experimentación y libertad serena de las comunidades eclesiales. Este es un desafío a la Iglesia, si quiere ser creíble de su respeto y valoración de las culturas.

El caso particular que estamos considerando puede ser un ejemplo fehaciente de la necesidad de relacionar lo sacramental y lo cultural maya verapacense. Por ello reiteramos la necesidad de estudiar teológicamente la sacramentalidad de las culturas, para luego buscar formas de operativizar la relación. La cuestión es delicada, pero urgente y necesaria, tratando de mantener la unidad y la legítima expresión y diversidad de la celebración cristiana. No se pueden eludir las dificultades, pero tampoco aplazar la búsqueda de la solución.

De nuevo sostenemos que son las iglesias locales (en este caso la Iglesia particular de Verapaz) las que deben discernir la forma más sabia y adecuada de la relación en la celebración del matrimonio. El grupo externo propone algunos caminos para abordarla. Se ha de tener en cuenta, por ejemplo, la estructura de la celebración, lenguaje, ministro, gestos y expresiones, símbolos y signos entendibles al lenguaje y mentalidad cultural, actores, participantes… Entendemos que no es fácil, pero el esfuerzo para lograrlo ha de ser firme. De este modo el discurso de la Iglesia sobre la relación fe-culturas será creíble por el empeño de hacerlo práctico.